domingo, 22 de marzo de 2015

Uruguay en el 900



 

Los Testigos de una generación.



"Balance y liquidación" de nuestro novecientos
por Dora Isella Russell

Nos adueñamos del difundido título de un magistral estudio del ilustre peruano Luis Alberto Sánchez, referente a la discutida existencia de Maestros en la literatura hispanoamericana de comienzos de este siglo, para enfocar a través de ese prisma caprichoso y cambiante —generación, plazos, comienzo y final de una época, vigencia de una obra— el complejo grupo humano que vertebra la llamada generación del 900, en el Uruguay. Y qué queda de ella, detrás de ella, en el presente y para después. Propósito ambicioso en tan poco espacio, que queda propuesto para más detenida y extensa investigación, limitándonos apenas a un esbozo que por fuerza omite a muchas figuras, para sólo apoyarse en las fundamentales.
Brillante e irrepetida, la llamada "generación del 900". Brillante y extraña, por el desnivelado caudal de edades e ideas estéticas y filosóficas que se ampara bajo ese rubro generacional. ¿Desde cuándo y hasta cuál dio existe una generación, cómo se deslinda la coexistencia, las influencias, las coincidencias y oposiciones entre unos y otros? La convivencia de escritores de muy desigual cronología, la muerte temprana que sacó del escenario a muchos de ellos —Herrera y Reissig, Herrerita, Florencio Sánchez, Delmira Agustini, Rodó, se van de la vida entre 1910 y 1917; se eclipsa de o poco la voz poética de María Eugenia Vaz Ferreira en los umbrales de la segunda década del siglo, hasta su epílogo en 1924; en 1917, Roberto de los Carreras ya avanza por entre el mundo de nieblas en medio de las cuales vivirá hasta su muerte, en 1963—, y otros que cruzaron gallardamente por todos los años de este siglo, activos y creadores casi hasta el final, algunos abrazando los soplos renovadores que revitalizaron sus estilos —la evolución que va de "Las Lenguas de Diamante" a "La Rosa de los Vientos", tributaria de los vanguardismos de entonces, ilustra el ejemplo con el nombre de Juana de Ibarbourou, para quien "sin la renovación constante el ser envejece doblemente y el verso caduca más pronto que la criatura humana"— y otros tercamente fieles a los espejismos modernistas, sin desertar de sus sonoridades y melodías— como Ovidio Fernández Ríos, admirador y seguidor de Chocano y Darío lo mismo en sus mocedades que hacia los ochenta años de su vida. Junto a todos ellos:
ausentes precoces, silenciados en camino, supérstites de su propia juventud, otro caso diferente plantea Juan Zorrilla de San Martín (1855-1931), que coincidió —sin compartirlo— con el empuje de un tumulto revolucionario en las disciplinas intelectuales, y fue romántico desde el comienzo y romántico hasta el fin, pese a que en torno se sucedían como aluviones, las corrientes estéticas, que pasaron sin rozarlo, manteniéndose ajeno a esos "ismos" venidos del Viejo Mundo como ecos de los diversos y en ocasiones delirantes "manifiestos poéticos" gestados en los resplandores de la primera Guerra Mundial. "Poeta de la Patria" desde el consagratorio triunfo popular de La Florida, con su "Leyenda Patria" de 1879, poeta de la tradición aborigen con su "Tabaré" de 1888, fue sin embargo, en cuanto a caudal pero también en cuanto a categoría, más prosista que poeta, pues en cierto modo fue "Tabaré" el estupendo epilogo lírico de su creación en verso, y el acervo en prosa constituye un material extenso, riquísimo y no del todo bien conocido por los lectores actuales.
Hecho curioso, significativo, si nos referimos a los poetas mayores del 900 y años siguientes, es que, salvo excepciones, no hicieron escuela. Tuvieron imitadores furiosos, o entusiastas, que es lo mismo; plagiarios; se asimilaron sus ritmos y sus estructuras. Pero no asumieron, tal vez porque no les interesaba serlo, ese papel de los conductores; actitud quizás explicable por la individualidad exasperada, la doloroso exaltación del Yo que prevaleció en ellos, cada quien único en si mismo, principio y fin de su universo creador. En el terreno del pensamiento creador, Rodó y Vaz Ferreira, más serenos, si fueron mentalidades que irradiaron influencias duraderas; más intensas en el caso de Rodó, cuyo "Ariel" desplegó las alas por toda Hispanoamérica y sostiene su impronta con más vigor en otros países del continente, hasta hoy, que en el país natal.
Para evitar forzosas exclusiones y no irnos en nóminas que por fuerza siempre resultarían incompletas, estamos citando al paso sólo aquellos autores que nos sirven para ejemplificar las dificultades que ofrece un enjuiciamiento integral, inexorablemente desordenado, de una "generación del 900" que incluye a muchos nacidos en los últimos decenios del siglo pasado, y de los cuales hemos visto desfilar entre 1975 y lo que va de 1976 a tres de las personalidades más representativas: Fernán Silva Valdés, Pedro Leandro Ipuche y Alberto Zum Felde.
Con "Agua del Tiempo", "Poemas Nativos", y otros títulos que hablan de una raíz telúrica y una revisión estética de la tradición. Silva Valdés afirmó su rico criollismo, estilizado y viril a la vez, cantó con sentimiento de americano las cosas de su patria, fue original y sincero, de inconfundible acento, empinándose en una reciedumbre poética que seguirá escuchándose por encima del tiempo. Otra vertiente nativista es la de Pedro Leandro Ipuche, más confesional y subjetiva, propia de un ser muy introvertido que refleja especularmente su intimidad en el mundo que canta, y que supo llevar el decoro de su existencia, cierto pudor criollo y señoril, a toda su obra, signada, en verso y prosa, por lo altivez de un hombre dulcemente inútil para las cosas prácticas, ingenuamente crédulo en la bondad de sus semejantes. Dos poetas que nos legan un mensaje de amor terruñero, de estrofas con pájaros, árboles y ríos de nuestra tierra, a quienes no se olvidará. Junto a ellos, desapareció el maestro de la crítica nacional, al cerrar sus ojos Alberto Zum Felde en mayo de este año, agudo y penetrante atisbador de estilos y modos literarios, analítico y mentalmente organizado para calar en extensión y profundidad, el fenómeno creador. Siempre anduvo, desde la combativa juventud, por un orbe propio mitad mito, mitad leyenda. No se prodigó, vigiló su autoridad, y su magisterio tiene segura permanencia.
Quedan aún, entre nosotros, Juana de Iborbourou, con sus lejanos 84 años distantes de las gentes, y Carlos Sabat Ercasty, con sus fuertes 87, refugiado en su sordera que no le impide seguir escribiendo.. Son los solos testigos de una época irrepetible de la cultura hispanoamericana, a la cual dio el Uruguay nombres de tan alta prosapia, que jamás han vuelto a manifestarse, juntos, en una misma hora y un mismo país.
Entre los muchos que se fueron y los dos únicos que sobreviven, median tres cuartos de siglo a lo largo del cual, si muchos conceptos vitales se han modificado y muchos valores o criterios de valores cambiaron según el curso del tiempo, siguen vigentes todos esos grandes escritores de cuyo erguido individualismo se nutre el esplendor de un prestigio literario que a ellos se debe.
Montevideo, junio 1976.
Dora Isella Russell
Almanaque del Banco de Seguros del estado - año 1977

viernes, 20 de marzo de 2015

"El almohadón de Plumas" Horacio Quiroga.

Horacio Quiroga
(1879-1937)

EL ALMOHADÓN DE PLUMAS
(Cuentos de amor, de locura y de muerte, (1917)



         Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
         Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
         La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
         En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
         No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
         Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
         —No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
         Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
         Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
         —¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
         Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
         —¡Soy yo, Alicia, soy yo!
         Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
         Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
         Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
         —Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio... poco hay que hacer...
         —¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
         Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
         Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
         Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
         —¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
         Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
         —Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
         —Levántelo a la luz —le dijo Jordán.
         La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
         —¿Qué hay? —murmuró con la voz ronca.
         —Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
         Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandos: —sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
         Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
         Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

"La Isla desierta" Artl Roberto.

Link al texto de "La isla desierta" de Roberto Arlt: